
Por estos días se cumplirán diecisiete años que mi primo José María, a quien tantas cosas tengo por agradecer en la vida, me invito a conocer su, en ese entonces, inusual y flamante adquisición, animándome para aprovechar una promoción lanzada en la Universidad Iberoamericana a sus estudiantes. Josemari se había comprado una PC 386 con 4 megas de memoria RAM, que corría en el sistema MS-2 la versión 11 del software –Autocad- para dibujo técnico, acompañada por una primitiva versión de Windows, -1.2-, con procesador de textos Word y hojas de calculo Excel. Invitación que me cambio la vida.
A mediados de los años setenta en las excursiones que mis papás, como paseo dominical promovían algunos fines de semana, en un principio al Parque Lincon, donde surgió por una breve temporada un tianguis que desapareció cuando las Damas de Polanco dictaminaron que mercados de pulgas solamente en París, pero nacida la afición, nos dirigió a los mercados de la Lagunilla, donde mi mamá buscaba antigüedades como planchas de carbón para convertirlas en maceta o sillas de Viena para restaurarlas, como las que nunca heredo de su abuela; mi papá ponía su objetivo en conseguir novedades o exclusividades en discos LP de música cubana o jazz, “que únicamente en Tepito o Nueva York podían conseguirse”. Paseos en los que mis hermanos y yo añorábamos comprar un helado de vainilla, fresa o rompope conservados en una cubeta de madera con hielo y sal, contenidos por un llamativo cartucho de acero “semi-inoxidable” con diferentes formas según el sabor, helados, a los que mi papá hacia referencia como los de su época. En los primeros años de esos paseos, me obsesionaba encontrar y poder comprar un antiguo reloj de bolsillo, “de oro o plata” con doble tapa; una; grabada con iniciales -no sé de quien…-, y la otra; de vidrio para poder ver la maquinaria, como el que mi mamá contaba que su tío, rico farmacéutico y aficionado a la tecnología había heredado, presumiéndolo a los sobrinos en ocasiones especiales, creo que todavía añoro aquel reloj que nunca vi, y que por supuesto nunca conseguí ni pude comprar en aquellos paseos, pero por eso, aquellos primeros años, sin discusión, prefería caminar la Lagunilla y no Tepito, en donde además, había demasiada gente y por lo mismo no tenía el mejor olor.
En los ochenta cuando a mis hermanas les pidieron para la escuela una calculadora científica, Tepito y sus ofertas ganaron espacio volviéndolo la atracción principal, develándose, para mi y mis hermanos, como un maravilloso proveedor a precios verdaderamente accesibles de lo que en viajes frecuentes a Houston, Disneylandia o San Antonio conseguían algunos de nuestros compañeros ricos de la escuela. En ese lugar podías encontrar todo, inclusive “versiones exclusivas de cualquier marca”, así; navidad, reyes, cumpleaños y premios encontraron su objetivo en ese mercado de juguetes, ropa ,aparatos electrónicos, discos y las primeras computadoras. Aunque con los años había conseguido una altura que me permitía respirar mejores aires, el paseo comenzó a volverse más una incursión con prisa y con marchantes específicos, mi mamá poco a poco dejo de ir, y era mi papá quien lideraba aquellos, cada vez más apresurados, recorridos, algo estaba cambiando, pero seguía siendo el único punto del país que te acercaba al resto del mundo.
Aquel niño del reloj antiguo y los mercados de pulgas no era un niño con carencias; disfrutó y supero el juego de Atari Pong para seguir con el PAC-MAN y las versiones de juegos electrónicos portátiles Mattel, un niño que conoció todavía niño Disneylandia y que estudio en escuela particular de híbridos –“hermanos /no curas- maristas-“, de los cuales a decir verdad no recibió ningún agravio más que el intento de acecinar su autoestima, pero donde tampoco recibió otra formación que no fuera la promoción de la necesidad de pasar por encima de los demás, para no quedarse en el camino junto con el mito de pertenecer a la mejor escuela, como me imagino, todas las otras marcas escolares tendrían también… Era, lo que se puede decir, un niño clase-mediero de la colonia del valle, la águilas, tlacopac o coyoacán rumbo a su confirmación como católico recibiendo su primer soborno, –un reloj digital- para mantenerse en la fe, augurio de que llegando a la secundaria recibiría, heredada, una calculadora científica “Texas Instrument”, con unas tarjetitas agregables, -que nunca supo para que servían-, pero que mostraban a su poseedor como vanguardista y tecnológico, -aunque reprobara mil veces matemáticas-.
Probablemente para quien lea hasta aquí estas palabras, pensará que se han enredado dos textos indiferentes entre si con las memorias sobre un joven y un niño o sea quizás, un fallido intento de narrar a la manera de “Las batallas en el desierto” de José Emilio Pacheco o peor aun, a la manera de “En busca del tiempo perdido” de Marcel Proust con antojos de Ibargüengoitia. No es el caso, a pesar de la admiración que siento por esas novelas y sus autores con la inevitable influencia que pudieran ejercer. Esta narración simplemente comenzó como el intento de armar las piezas del rompe cabezas en el que nos vamos convirtiendo durante la vida, con piezas que podrían parecer sin conexión pero que sabemos que la tienen porque vienen juntas en el paquete. Búsqueda que deviene en testimonio sobre un México, al finalizar el siglo, donde la maquinaria y los fracasos institucionales solamente permitieran a pequeñas élites acceder a la globalidad y la vanguardia, donde el espacio de equilibrio, para una clase media aspiracional o consciente pero impotente, se instituyo en el mercado de Tepito.
Dichosamente años después, -los primeros del siglo veintiuno-, Tepito ha encontrado continuidad en su labor compensadora a partir de la expansión urbana de la venta al aire libre y la propagación de la escuela tepiteña de la supervivencia basada en la piratería. A cuantos ha formado y cuantas oportunidades a dado a los jóvenes este fenómeno, tan natural a nosotros, que la vieja institución y el “cambio” no han podido cubrir con sus programas académicos y sus convenios con la industria y el comercio "formal"…
Cual será el nuevo Tepito que rescate ahora a esa clase media, quizás más informada, pero otra vez desahuciada por la maquinaria que controla en estos tiempos el Internet, después de controlar la televisión y las computadoras...
He dicho para que conste...