Soy hijo de arquitecto…
Mi padre era un hombre feliz, que
se paraba temprano para llevarnos a la escuela a mis hermanos y a mí, su vida
era simple, sin mayor aspiración que ser feliz, admirador de todo y de todos,
que se conmovía incluso por lo más sutil, siempre delatado por su mirada
vidriosa y muy dulce en sus ojos verdes, era una especie de admirador en
general. Siempre comía con nosotros, había ido a la obra en la mañana. Cuando
eran vacaciones, descubríamos al acompañarlo que era todo un cronista de las
taquerías y desayunadores en la ciudad y sus alrededores: carnitas, guisados,
hígado y longaniza, canasta, barbacoa, birria, tortas de todo tipo y tamaño,
incluso mariscos; conocía todo lo bueno según la colonia donde estuviera el
trabajo, Desde Toluca o Bosques de las Lomas a la Buenos Aires, de Aragón hasta
Milpa Alta. Todas las mañanas en su automóvil y en la obra, el resto del día en
casa con nosotros. Cuando había algo que proyectar tenía una tabla, donde hacia
perspectivas maravillosas y apuntes con plantas y alzados en hojas del más
simple de los cuadernos que una vez construidos nunca guardaba, para él no eran
importantes salvo para explicar al albañil, al herrero o al carpintero lo que
quería. Cuando alguno de mis hermanos o yo nos acercábamos a ver y lo pedíamos,
nos dibujaba con una facilidad abrumadora, todo tipo de aviones y barcos de
guerra de todas las épocas, felinos, tiburones, toros y caballos explicándonos
de aerodinámica y la inspiración que eran para los diseñadores de naves, sin un
rastro de pose erudita. También nos dibujaba super héroes, deportistas y todos
los personajes de Disney, de los que nos revelaba secretos para trazarlos y con
los que llené por todos lados mis cuadernos de primaria y secundaria, no hacia
otra cosa en la escuela, salvo pequeños modelos de armar de los aviones que mi
papá dibujaba, y que mi abuela Concha me regalaba a escondidas; junto con el
fútbol, los toros, los caballos y la natación, no me interesaba nada más, un
mes de segundo de secundaria, reprobé todas las materias incluyendo deportes
salvo la optativa de modelado...
Cuatro años después de que murió
su padre, mi abuelo, y antes de encargar a mi hermano mis papás sintieron, no
sé por qué, tal vez alguna buena chamba que había “caído”, -imagino del cielo-,
que era momento de hacerse una casa. Consiguieron un terreno pequeño de
medianeras y en barranca que mira al bosque con zona federal vecino a la barda
de piedra y pinos del panteón “Jardín” en una de las zonas de caseríos pobres
sobre antiguas minas en la colonia “las Águilas”. Siendo casi un bebé, empecé a
escuchar de Barragán, cuando aún en obra, las amigas de mi mamá preguntaban de
forma irónica el por qué la casa no tenía ventanas hacia la calle, él nos
explicaba, sólo a nosotros y con orgullo, que igual que el “Maestro”, hacia la
calle, las ventanas solamente serían para meter la luz del cielo, que la casa
era para vivirla hacia adentro no para presumirla, que en cambio hacia el sur,
hacia la barranca, la casa con un pequeño patio, se robaría las vistas de ese
inmenso y entrañable jardín en donde todavía en esas épocas pastaban caballos,
vacas y borregos, que hoy sigue siendo el parque Japonés. Durante seis años,
cada centavo que se ganaba, que no era para pagar comida y escuelas, era para
la casa, pero mi mamá todavía hoy presume con profunda satisfacción y orgullo
ser junto con su amiga, hija del arquitecto Rafael Mijares, de las muy pocas
que tienen casa de “arquitecto ARQUITECTO”.
Muchos años después, caigo en la
cuenta de la suerte que tuve, pero también de que mi papá nunca más consiguió
tener una situación económica medianamente holgada, podía preverse eso cuando
vendió para terminar la casa su orgullo, un viejo Alfa Romeo Julieta 1958 que
había ido arreglando por mucho tiempo, a pesar de que vivíamos en una casa que
todo mundo alababa y que incluso muchos años después a mí me generó trabajo con
un amigo rico de mi hermano que consideraba, por esa casa, que nosotros desde
niños “sí sabíamos cómo vivir “ y que por eso me confiaba la suya.
La vida de arquitecto le dio
algunas oportunidades que volvían a iluminar su rostro, cuando cumplió sus
cincuenta uno de esos conocidos muy bueno para el dinero le dio la oportunidad
de proyectar íntegramente dos edificios, explotándolo por supuesto, pero
permitiéndole realizar una de las aspiraciones que todos los arquitectos
tenemos. Todavía hoy, a pesar de las terribles transformaciones e
intervenciones que suelen darse en todas las edificaciones sin reflexión
durante el transcurso de la vida útil de un inmueble, en la calle de Millet,
junto al “parque Hundido” de Insurgentes Mixcoac; probado por dos terremotos,
sigue erguido y orgulloso un hermoso edificio de veinte pisos, aunque su
carácter buscaba ser anónimo perdiéndose en sus primeros pisos entre los
árboles dejando vivir a sus inquilinos como dentro de un bosque en medio de la
ciudad, sin agredir como frontera el paseo en el parque, así el lugar narra
claramente sus aspiraciones arquitectónicas y a mí, cada vez que tengo oportunidad
de pasar por ahí, me permite pensar, es el edificio de mi papá. Diez o quince
años después, esa vida de arquitecto le permitió hacer un rancho para un
importante abogado, rumbo a Toluca, y que, además de hacerlo a él muy feliz
como pocas veces lo vi, para mí, esa experiencia cuando cursaba la carrera
marcó lo que es hoy mi vida.
Cuando a mi papá le volvía a
“caer” otra de esas “chambas” que todos los arquitectos pasamos la vida
esperando, mis hermanos y yo absorbíamos hasta el último centavo. El dinero de
esas chambas muy esporádicas, flanqueadas siempre por remodelaciones y trabajos
de mantenimiento nos dio la oportunidad de disfrutar las cosas simples y sin
pretensiones que ofrece la ciudad y nuestro país, como deliciosas cenas en las
hoy casi extintas “tepacherías de Coyoacán”, con sus flautas, tostadas de pata
y quesadillas doradas de papa, rematadas con un churro de cajeta o un helado en
la Siberia; viajes en carcacha al sureste y a Veracruz a playas como Tlacolula,
en hoteles más que baratos, comiendo manjares veracruzanos en las más sencillas
fondas; aprendimos a caminar en Tepito y la Lagunilla, disfrutando helados de
cartucho, encontrando objetos que subsanaban la precariedad económica con
tecnología “importada” y lo muy bueno de otros tiempos abandonado en un bazar
como relojes de bolsillo, las planchas de carbón, yugos para camisa y las
sillas vienesas. Su gusto por la música y esa misma precariedad nos abrió las
puertas de la cineteca y de la sala Nezahualcóyotl, por su comodidad, su muy
buen equipo de sonido y su acústica, como las presumía para invitarnos;
irónicamente, a pesar de ser centros culturales de nivel mundial, siguen siendo
la oferta de entretenimiento más barata, junto con eso, nos heredó un curioso
cariño por Cuba y su música, con y sin revolución. También, esporádicamente,
nos invitaba de lo muy bueno, porque era un hombre muy querido por ricos y
pobres, apasionado por la vida, sin resentimientos por lo que, como él decía y
decía su madre, mi abuela Concha, “lo bueno es bueno” o “La buena vida es cara,
la hay más barata, pero ya no es vida”, Así nos heredó también el gusto por
comer lo bueno y en buenos lugares, lo importante que es estar bien vestido,
apreciar la ropa y los buenos muebles junto
con una profunda afición por los Toros, que según él, describían todo lo
importante de la vida y que se me ha quedado para siempre.
Mi papá, cumplía años cada
Mundial de Futbol y no por fechas, al tenor de alegrías efímeras, sufrimiento y
la frustración que muchos vivimos cada cuatro años, cuestionaba la medida de su
existencia en base a si llegaría al siguiente Mundial, siempre orgulloso de
haber visto a Pelé en el coloso Estadio Azteca. Mi papá murió pobre, cerca de
cumplir cincuenta años de un muy feliz y solidario matrimonio, de la misma
manera triste que mueren muchos en un hospital público. Aunque, pocas veces he
visto como en su velorio… tanta gente y tantos hombres, llorando por un amigo.
Mi papá, que vivió en su casa de
Arquitecto…
Ricardo Pinelo Nava
APÉNDICE
·
Este escrito, además de intentar ser un homenaje
a mi suerte y a mi padre, intenta poner en valor las circunstancias de la vida
de esos miles de arquitectos, que no están en los libros y que sin lugar a duda
han dignificado la profesión, esos que no son negocio para los investigadores e
historiadores, porque no representan un instrumento político o de
empoderamiento para grupos que lo explotan en su propio beneficio. Eso que hoy
es claro; deforma y pervierte más que formar y guiar en arquitectura, generando
aspiraciones y paradigmas que la mayoría de las veces terminan en incongruencia
y frustración.
·
Este escrito, habla de que la arquitectura, no
es un trabajo, que es una forma de vida que difícilmente construirá una solidez
económica.
·
Este escrito, narra la necesidad de hacer oficio
día a día, no como un sacrificio sino como un ritual cotidiano y simple que
poco a poco nos va haciendo.
·
Este escrito, ¡Intenta gritar!, que lo más
importante en la producción de lo arquitectónico no es destacarse o
diferenciarse de los demás, porque eso siempre va en detrimento del conjunto y
el habitar siempre será vinculado. Cosa que la formación universitaria en
arquitectura no respeta y no atiende, promoviendo justo lo contrario.
·
Este escrito, habla de la importancia que para
ser arquitecto tiene el enamorarse y abrirse a la vida, de buscar tener el más
amplio espectro y no auto encasillarse, “soy pobre y no me interesan los ricos
o soy rico y no me interesan los pobres”, “soy técnico y no me interesa lo
sensible”, “soy un artista y no es mi problema la tecnología”. Si no abrimos
nuestro radar difícilmente no construiremos un lenguaje amplio que nos permita
trabajar con muchas posibilidades de definiciones para el habitar y nuestras
herramientas para describir y articular serán muy reducidas. (Véanse imágenes
de lo que es “definir” y “describir” en arquitectura en este mismo blog)
