Tarde o temprano todos experimentamos la sensación de estar atrapados y ser parte de un sistema que poco a poco se corrompe y descompone; un sistema que parece premiar lo aberrante y castigar ferozmente cualquier discrepancia. Por otro lado, no podemos dejar de deslumbrarnos por como el ser humano ha desarrollado tecnología, conocimiento y estructuras que han producido condiciones de equidad y calidad de vida a partir de la evolución y desarrollo de ese mimo sistema. Sin embargo, irremediable esa sensación no puede dejar de llevarnos en algún momento a tomar una postura en nuestra manera de conducirnos por la vida; Algunos optan por negar y banalizar su percepción para poder circular la existencia en la tranquilidad que facilita la inconciencia; Otros, abdicarán ante la frustración, para terminar coludiéndose ante una realidad aplastante e implacable, finalmente, a pesar de tanto desarrollo de la especie seguirán existiendo los burdos depredadores que basan su asustada supervivencia en la destrucción de lo que no comprenden. Estas posturas son el foco que agrava la virulenta epidemia del sistema terminando por afectar y golpear a todos, de manera más directa o indirecta; a ricos y pobres; a hombres y mujeres; a jóvenes y viejos, degradándolo todo.
La sociedad de nuestro país, por circunstancias que no son argumento para exponer o debatir en este momento, poco a poco se ha convertido en la exacerbación o por lo menos en una de las máximas expresiones de esa descomposición que promueve y define un sistema económico y social como el que prevalece en el planeta. Por eso mismo se ha convertido en uno de los epicentros de la desesperanza y la impotencia, paradójicamente también, en uno de los objetivos para quienes buscan potencializar y reproducir los gérmenes más virulentos de la depredación de esta forma de organización.
Esa suma de paradojas y contrasentidos constituye a México también, como una gran oportunidad y territorio fértil para hacer del sentido de una vida, “la insurrección”, pero no la de las armas o la antropófaga ...
He dicho para que conste...
La sociedad de nuestro país, por circunstancias que no son argumento para exponer o debatir en este momento, poco a poco se ha convertido en la exacerbación o por lo menos en una de las máximas expresiones de esa descomposición que promueve y define un sistema económico y social como el que prevalece en el planeta. Por eso mismo se ha convertido en uno de los epicentros de la desesperanza y la impotencia, paradójicamente también, en uno de los objetivos para quienes buscan potencializar y reproducir los gérmenes más virulentos de la depredación de esta forma de organización.
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